sábado, 2 de enero de 2016

El lado oscuro del crecimiento personal



Por Abner Huertas




En el año 2007, tomé una de las decisiones más grandes de mi vida: el crecimiento personal. Una decisión de la cual no me arrepiento, pero también de la que he aprendido.

El crecimiento personal es parte de nuestra vida. Algunas personas, con intencionalidad, decidimos hacer cambios en nuestra vida; cambios como: mejorar nuestro carácter, ser más pacientes, ser disciplinados, entre otros. Si lo pensamos por unos minutos, el crecimiento personal es algo bueno, y lo es; aun así —como muchas cosas en la vida— tiene un lado oscuro.

Quizá tú te preguntes: ¿cómo puede tener un lado oscuro el deseo de crecer?; una pregunta válida. Pareciera un cliché —el repetir siempre lo mismo— el decir que debemos crecer, debemos ser mejores personas, debemos ser mejores cada día. ¡¿Quién no quiere ser mejor?! Creo que la mayoría de nosotros, encantes ¿cuál es el lado oscuro del crecimiento personal?.

Como mencioné con anterioridad, es un cliché el que nos digan que debemos ser mejores, el lado oscuro del crecimiento personal viene cuando se presentan las siguientes situaciones:
  1. Cuando te dan el ideal de persona que «debes ser».
  2. Cuando te hacen sentir que tienes algo «mal» o que simplemente tú estás mal y yo “bien”.
  3. Cuando te impide aceptarte tal y como eres.
En lo personal, soy un apasionado por los temas de crecimiento personal, podría decir que por ello también he llegado a conocer su lado oscuro. Crecer es importante, hacerlo de forma correcta es más importante. Por eso quiero compartir contigo estas sombras del lado oscuro del crecimiento personal.

El ideal de quien debes ser

Desde el 2007 para este año, 2015, habré leído —no lo digo por vanagloria— más de 300 libros, de los cuales al menos unos 50 han sido solo de crecimiento personal. Muchos de estos libros me ayudaron a ser mejor persona, pero noto algo interesante: muchos de estos libros te dan un «ideal» de la persona que «debes ser».

Adler, un psicólogo que realizó estudios sobre la personalidad, comenta sobre los peligros de los “debes” y “tienes”.  «Si tú quieres llegar a ser un líder, debes tener estas cualidades…», «Si quieres influir en las personas tienes que hacer esto…», de acuerdo con Adler éstas frases ayudan, sí, pero a generar estrés.

El estrés que genera el no alcanzar un «ideal» de ser, va en detrimento de nuestra persona, afectando nuestra salud. Pensemos por un momento: el “debo cambiar” o “el tengo que cambiar” es una obligación que asumimos aunque no queramos hacerlo; por otro lado, si pensamos en “quiero cambiar porque…” o “voy a cambiar porque…” nos da una perspectiva diferente porque existe el deseo interno de querer cambiar, o como lo diría en mi libro “El Crecimiento de un Líder”, nos da la intencionalidad.

Los «ideales» siempre serán eso: un ideal. Quizá se pueda alcanzar. Quizá no se pueda alcanzar. La vida es como es. 

Tú tienes algo que está «mal»

De la mano del «ideal» está el «tú tienes algo mal». Cuando escuchamos a oradores hablando sobre ser mejor persona, muchas veces hay un mensaje implícito: “Tienes que mejorar porque tú estás mal”; claro que está disfrazado con otras palabras.

A criterio personal, todos tenemos algo que podemos mejorar, pero eso no significa que estemos «mal», significa que somos seres humanos. El ser humano es imperfecto, punto. 

¿Existen personas malas?, sí, pero también existen buenas personas que toman malas decisiones. Una mala decisión no hace mala a una persona. Muchas veces juzgamos a las personas por sus malas decisiones, y las señalamos diciéndoles que “deben” cambiar porque están mal, ¿vas notando el patrón?.

No te aceptas tal cual eres

En una ocasión una persona me decía que quería cambiar su forma de ser porque a su pareja no le gustaba. De nuevo, tomar la decisión de cambiar puede ser muy positiva para nuestras vidas, pero “tener” que cambiar es cosa distinta. 

Asimismo, otra persona me dijo en una ocasión: las parejas que duran más tiempo son aquellas en donde ambas partes ceden menos de cómo son ellas. La libertad de ser tal y cual eres da una sensación que el «tener» que cambiar no da.

La auto-aceptación es una de las herramientas en nuestro poder más importantes para vivir bien y tranquilos. Ojo, hablo de auto-aceptación, no de conformismo. Cuando el deseo de crecer no logra que nos aceptemos tal y cual somos, vale la pena ver los motivos para tal crecimiento.

El crecimiento personal es emocionante. Es una aventura. El lado oscuro del crecimiento personal tiene un objetivo: producirte un estrés y ansiedad innecesaria. El crecimiento personal tiene un objetivo y es intencional. 

Cuando quieras crecer como persona y solo vienen a tu mente frases que lleven un «debes» y «tienes», pregunta si los motivos por los que quieres cambiar son relevantes o no.

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lunes, 7 de diciembre de 2015

Madurar es intencional



Por Abner Huertas




En una ocasión una persona me dijo: «Envejecer es inevitable; madurar es intencional». Si lo pensamos con detenimiento, nos daremos cuenta de cuán cierta es esta frase. Hay muchas personas jóvenes con un grado de madurez mayor que personas mayores; aunque siempre esperaríamos que esto fuese al revés: las personas mayores ser más maduras que las jóvenes.

Existen varios factores que determinan nuestro grado de madurez, entre estos podemos mencionar nuestras experiencias y nuestro aprendizaje; aunque estas dos son parte fundamental de nuestra madurez, no siempre hacen a una persona madura.

Considero que antes de seguir necesitamos definir primero qué es una persona madura. Una definición en la que podemos pensar es: «Una persona madura es aquella capaz de pensar en los resultados de sus acciones, tomando la responsabilidad de éstos. Una persona madura es aquella que es capaz de comprender los sentimientos de las demás personas sin forzar a los demás a pensar o sentir como ella. Una persona madura es aquella que ha formado su propia filosofía para tomar el control de su vida».

Vamos hilando. El aprendizaje y las experiencias no determinan el grado de madurez, pero si son un componente clave. Mientras vamos envejeciendo, vamos adquiriendo nuevas experiencias y conocimiento, pero no significa que vayamos madurando. El conocimiento nos puede volver “cabezones” y las experiencias podrían convertirse solo en recuerdos. 

¿Por qué te digo que la madurez es intencional? Si leemos de nuevo el concepto de una persona madura, nos encontraremos con las siguientes palabras clave: responsabilidad, comprender, filosofía y control; en algún momento de nuestra vida tendremos que tomar la decisión de ser responsables de nuestra propia vida,  de ser comprensivos,  de formar nuestra filosofía de vida, y como resultado: tomamos el control de nosotros mismos;  claro está, que lo que hemos vivido y aprendido serán las herramientas para nuestra madurez. La madurez es intencional, tú decides madurar o no.

En otras palabras, podemos saber cuando una persona es madura por el grado de responsabilidad y control que tiene sobre su propia vida; pero hace falta un ingrediente más: sanidad del corazón. Una persona madura es aquella que ha logrado tomar el control de su vida con un corazón sano. 


¿Estás tomando, de forma intencional, el control de tu vida? De 1 a 10, ¿Qué calificación le das a tu grado de madurez?

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domingo, 1 de noviembre de 2015

Antes de aconsejar, ¡escucha!



Por Abner Huertas




Cuando piensas en una persona con quien te gusta platicar y contarle tus problemas; ¿Qué tiene de especial esa persona? Quizá puedas decir que es alguien quien siempre está dispuesto a escuchar o que es alguien con quien puedes platicar; pero en definitiva esa persona tiene una característica especial: sabe escuchar.

Escuchar es un don. Escuchar es una habilidad que se puede desarrollar. Escuchar requiere que seamos muy maduros para ver desde la perspectiva de la otra persona, pero no todas las personas saben escuchar.

¿Por qué es tan difícil saber escuchar? No saber escuchar demuestra una falta de interés en conocer los sentimientos o sentir de la otra persona. Cada ser humano tiene una percepción del mundo; cada persona define el mundo de acuerdo con su propia interpretación; por esto muchas veces consideramos que nuestra interpretación o definición del mundo es la correcta, y de alguna forma inconsciente, queremos imponerla porque la definición de los demás está errada.

Imponemos nuestra percepción del mundo cuando damos consejos no solicitados; cuando juzgamos el actuar de alguien más sin interesarnos por cuáles fueron los causales; y cuando forzamos a alguna persona a actuar de la misma forma en la que nosotros lo haríamos. Una persona que no sabe escuchar rara vez se detendrá a pensar cuál es la situación real que está viviendo la otra persona.
Algunas frases típicas de quienes no saben escuchar son: 
  1. ¿Es que ya sé lo que me vas a decir?; mira, lo que tienes que hacer es lo siguiente. 
  2. Es que vos sos de mente cerrada.
  3. Como tienes que pensar es de esta manera…


 Así y otras más —sin considerar los sermones no solicitados—, pero la característica principal es que nunca dejan que la otra persona se desahogue. Una persona que no se esfuerza por escuchar se asemeja a un psíquico quien pretende saber por lo que la otra persona esté pasando, hablará bonito pero al final la otra persona sigue sintiéndose igual.

¿Te familiarizaste con alguna de las frases anteriores? ¿Te consideras una persona que sabe escuchar? Todos buscamos a alguien que nos escuche en algún momento de la vida. Una persona que sabe escuchar, es como un oasis en el desierto, porque hay un lugar donde podemos evacuar lo que hay dentro de nosotros. ¿Eres tú un oasis en el desierto?, ¿o cuando las personas que se acercan contigo terminan sintiéndose sermoneadas?, un «sermón» no solicitado.

Ahora seamos francos: saber escuchar es una habilidad que no todos poseen; saber escuchar requiere coraje porque te fuerza a que pongas a un lado tus emociones para poner en primer lugar a la otra persona. Saber escuchar requiere de un esfuerzo intencional para prestar atención sin juzgar, criticar ni condenar y podríamos decir también: sin sermonear.

Los consejos son buenos y ayudan, pero cuando son solicitados. Un consejo no solicitado pasará de largo. Lo curioso es que cuando una persona se siente escuchada, estará más abierta a escuchar un consejo. Lo primero es liberar lo que la hace sentir atada.


Mi invitación es que te conviertas en un oasis en el desierto. Saber escuchar es una habilidad que se puede desarrollar, pero es para valientes. ¿Eres un valiente?



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sábado, 3 de octubre de 2015

Autoaceptación contra autoestima



Por Abner Huertas





Por varios años pensaba en que debía mejorar mi autoestima. Pensaba en que tenía que mejorar mi persona para sentirme bien conmigo mismo; y esto está bien, sin embargo, hay algo que he llegado a valorar que le da más importancia: la autoaceptación.

En este artículo intentaré hacer una separación entre la estima y la aceptación. Son dos palabras poderosas en la vida de cualquier persona. Cada una tiene la fuerza para hacernos crecer, pero una tiene más valor que la otra.

Empecemos por la autoestima. De acuerdo con el diccionario, la autoestima es el cariño que se siente por uno mismo. Muchos líderes espirituales, han dado valor al aprender a amarse a uno mismo. Esto es valioso para nuestra vida, sin embargo, hay pequeños detalles que pueden no desarrollarse si buscamos solo la autoestima. Imagina a una persona que nació con alguna capacidad diferente, podríamos decir que está fuera de lo «normal» en sociedad, si se busca solo la autoestima, en nuestra mente podría estar el ser una persona normal, y esto ocasionaría otros problemas.

La autoaceptación es diferente. El diccionario le da varias definiciones, podríamos tomar la siguiente: aprobar, admitir y/o dar por bueno. ¿Qué quiere decir esto? Cuando decidimos aceptarnos a nosotros mismos, tal y cual somos, aprobamos nuestro ser. En el caso que mencionamos en la autoestima, la autoaceptación es aceptar que nacimos diferentes; esto en algún momento resultará en autoestima.

Quiero hacer una aclaración: cuando existen ciertas conductas, comportamientos, formas de pensar, entre otras, que sabemos es necesario cambiarlas, hay que cambiarlas. La aceptación nos ayudará a dar un punto de partida: “Acepto que soy una persona enojada, pero quiero cambiar”. La autoaceptación no es aceptar que soy como soy y NO voy a cambiar, al contrario, es lo que nos da el impulso para cambiar. Cuando no hay autoaceptación, caemos en lo que llamamos la auto-justificación. Justificamos el porque somos como somos.


Volviendo al punto central. Antes de la autoestima, viene la autoaceptación. Para poder tenerte cariño a ti mismo, primero tienes que aceptarte tal y como eres. Busca primero aceptar tus cualidades, tus defectos y las cosas que puedes y debes cambiar. Poco a poco irás desarrollando tu autoestima. Ambas van de la mano, pero primero acepta quien eres y como eres.

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La cura contra los prejuicios




Por Abner Huertas





Una de las características que tenemos como seres humanos, es la de emitir juicios hacia otras personas; en estos no es raro que sean juicios erróneos, en especial negativos. Ha estas opiniones las llamamos prejuicios, que es el hecho de tener una opinión, sobre algo o alguien, con pocas o nulas evidencias.

 Previo a continuar, veamos algunos ejemplos de la vida diaria, sobre situaciones donde hacemos prejuicios, lee cada caso y emite una opinión con la primera impresión que te dan:
  • Vas caminando por la calle y ves a un hombre caer al suelo con las manos sobre el pecho.
    • ¿Qué piensas si el hombre va vestido con ropa vieja y rota, pareciera que es un indigente?
    • ¿Qué piensas si el hombre va vestido con un traje formal, pareciera un ejecutivo?
  • Ves a una mujer que está con sus hijos, ellos están haciendo mucho alboroto, ella no les dice nada.
  • Una persona con sobrepeso te dice que le gustaría ser delgada. Ese día la ves ordenando una hamburguesa para comer.

Analicemos el primer caso. Sin que nos demos cuenta, o quizá sí, preferiríamos ayudar a una persona que va con traje que a una que va con harapos.

En el segundo caso, al ver a los niños molestando y gritando podría hacer pensar que la mujer no está atendiendo a sus hijos, y podríamos llegar a juzgarla como una madre que no les pone límites o no los cría bien.

En el tercer caso podríamos pensar que la persona obesa no logrará bajar si sigue comiendo y que es una descuidada.

En los casos anteriores, nos enfocamos en ver solo la situación del momento. Si te dijera que la persona que va con traje es un estafador y ladrón, y que la persona que va con harapos es alguien que acaba de huir de un secuestro… ¿cambiaría tu perspectiva para ayudarle? Y si te dijera que la mujer acaba de salir del hospital con la noticia que su esposo acaba de fallecer… ¿cambiaría tu perspectiva? Y si te dijera que la persona con sobrepeso padece de una enfermedad en la tiroides y además es depresiva… ¿cambiaría tu percepción sobre ella? Toda opinión cambia cuando conocemos el contexto.

¿Cómo se producen estos prejuicios? Queramos o no, siempre emitiremos prejuicios. Los prejuicios son parte de nosotros, se forman desde que somos niños. Los psicólogos sociales nos dicen que los prejuicios se forman a partir de esquemas de pensamiento que aprendimos durante nuestro desarrollo a la edad adulta. Los prejuicios son automáticos, vemos a una persona y de forma inmediata la describimos basándonos solo por lo que vemos: su vestimenta, su forma de hablar, el color de su piel, su cabello, etc.

Los prejuicios son uno de los principales causantes de la discriminación, del racismo y de la intolerancia. Cuando conoces a una persona, sin darte cuenta, te formas un concepto de ella con solo verla; si los conceptos que nos formamos son buenos, podemos llegar a sobrevalorarlas, pero si son malos, tendemos a rechazar a la persona. Los conceptos que creamos de los demás, son muy difíciles de erradicar, por eso a veces rechazamos a alguien por el simple hecho de que «nos cae mal» y en ocasiones no sabemos el porqué. 

Veamos otros ejemplos de los prejuicios. Un mes después de un ataque en un mercado kosher en parís,  y después del ataque a Charlie Hebdo, Zvika Klein realizó un experimento. En un período de tiempo de diez horas vistió un kipá —una pequeña gorra para cubrir la cabeza— y salió a las calles. Klein experimentó el racismo, muchas personas lo insultaban y algunos llegaban a escupirle. Todo por la forma en la que vestía. 

En mi país —Guatemala— se relata la siguiente historia que ocurrió varías décadas atrás: En una venta de camiones entró un indígena a quien llamaremos José. Los vendedores al ver a José se hicieron los desentendidos. José iba vestido con su traje típico, llevaba con él un morral —una bolsa de hombros típica—, él veía para todos lados esperando que alguien lo atendiera. Al fin, unos de los vendedores fue y le preguntó en qué le podía servir. José le preguntó el precio del camión que estaba viendo, el vendedor le dijo que costaba 80,000 quetzales —precios de aquella época—, José caminó al rededor del camión y le dijo al vendedor «me lo llevo». El vendedor quedó impresionado, luego le preguntó como iba a pagar, José le dijo que en efectivo, y sacó de su morral el dinero. Resultó que José era un comerciante importante del departamento donde vivía.

Como puedes ver, tanto en la historia de Klein como en la de José, las personas a su alrededor emitieron prejuicios por su forma de vestir, por su raza y quizá hasta por su religión. Entonces ¿cuál es la cura contra los prejuicios? La respuesta es muy sencilla: empatía. Quizás hayas escuchado lo que es la empatía, pero leamos lo que nos dice el diccionario:

«Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona»

En otras palabras, podemos evitar las consecuencias los prejuicios cuando nos preocupamos por la otra persona, en especial cuando no la conocemos. En los casos anteriores, el de la persona que cayó con las manos en el pecho, la mujer con sus hijos y el hombre con sobrepeso; podríamos preguntarnos ¿qué me haría a mí actuar de esa manera? Y en la historia de Klein y de José, podríamos preguntarnos ¿cómo me gustaría a mí que me trataran si estuviera en su lugar?


Sinteticemos. Los prejuicios son opiniones que formamos de otras personas sin tener alguna razón —real—  que los justifique mas que por su forma de vestir, religión, cultura, etc.; los prejuicios son algo que puede nacer de forma natural de nosotros como seres humanos, pero es algo que puede causar un daño emocional y hasta físico hacia la otra persona por los efectos discriminatorios, racistas y de intolerancia. Podemos controlar los prejuicios si mostramos empatía para con los demás.

iDeo®
2015
Fotografía cortesía de freedigitalphotos.net y prakorn